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Monday, July 13, 2015


Javier Krahe in concert










Muerto el cantautor de la venus afro...leches!






La muerte de Javier
Krahe se suma a otras que este año nos están pescando por sorpresa, y esta vez la sorpresa es amarga
porque Krahe se merece, o mereció, haber tenido más fama en Latinoamérica,
aunque creo que para él la fama que obtuvo en su tierra España fue la justa. Un
infarto acabó con su vida el 12 de julio del 2015, y el mundo ha perdido a un
formidable cantautor y poeta.





También
podríamos llamarle trovador, aunque él pareciera que no se entendía muy bien
con la guitarra acústica y más bien le gustaba cantar y mover las manos. Era
ahí en las líneas de frontera de la ironía y la sordidez, las cuales cantantes como
Joaquín Sabina o Pablo Carbonell no se atrevían a cruzar, en donde Javier Krahe se aparecía
con micrófono en mano y simplemente las borraba. Le cantaba al cuerpo desnudo
de aquella amante efímera que no volverá a ver, a la falta de dinero, a la soledad; pero nunca se lamentó ni lamió sus
heridas pidiendo la compasión del oyente: se reía a carcajadas y, con ironía, la pasaba muy bien fumando y
bebiendo en unas noches de bohemia que hacían caer a todos bajo la mesa, menos a
él. Era un viejo loco, y su poesía lo mantenía como el último recodo de la sanidad antes de pasar a la demencia total.





Su
principal tema lírico era el sexo y la búsqueda del amor de la mujer perfecta. Estaba
obsesionado con la belleza femenina y con la pasión que arranca un beso o algo
más. Su primer LP, Valle de Lágrimas, incluye un cover de “Marieta” de Georges Brassens (su máxima influencia) en la
cual la chica siempre lo deja plantado o haciendo el ridículo, incluso hasta en
el día en que ella muere y se le da por resucitar frente a él, quien sostiene lloroso una corona de
flores (“hecho un gilipollas... madre”, atina a decir luego del milagro). Al parecer, las mujeres
lo dejaron perplejo luego de haber salido del colegio de curas. Se preguntó por
qué algunas, como su esposa, iban diciendo por ahí que la tenía chiquita (“Un
Burdo Rumor”), y con poesía escandalosa y asimétrica nos convenció de que era
un romántico empedernido que no se callaba nada. De más está decir que
influenció a Joaquín Sabina, Javier Gurruchaga (el líder de la fantástica
Orquesta Mondragón) y Pablo Carbonell (Toreros Muertos).





Sin
embargo, no fueron las letras cargadas de erotismo las que le parcharon la boca en la España
ochentera. Se burló del gobierno democrático en 1986 cantando “Cuervo Ingenuo”,
la primera canción censurada post-Franco. En ella, Krahe habla como indio
norteamericano y le dice a Felipe González, en su cara, que es un hipócrita al
haber prometido sacar a España de la OTAN y luego decir que “esa alianza ser de
toda confianza”. La TV española censuró el tema durante un concierto de Sabina,
y posteriormente le costó mucho a Krahe seguir tocar en vivo, mientras otros
artistas “rebeldes” de la movida española se llenaban los bolsillos.





Krahe fue
muy crítico de la religión católica y al parecer conocía sus puntos débiles
(como en “San Cucufato”). El 2012 fue absuelto por un tribunal civil luego de ser
acusado de “herir susceptibilidades religiosas” al hacer un video sobre cómo
cocinar un crucifijo (cosa curiosa, cada domingo se les recuerda a los
feligreses que la cristofagia es la piedra angular del catolicismo), y la relación estrecha iglesia-estado español volvió a relucir gracias a los medios, recordándonos que el franquismo aún no había desaparecido del todo. Sabía que
las guerras eran hechas para matar jóvenes y evitar que éstos cambien las cosas
(“Carne de Cañón al Chilindrón”) y que la pena de muerte era el punto más bajo
del ser humano (“La Hoguera”, su canción más lúgubre y prueba de que en España algo se tuvo que aprender luego de la Guerra Civil).




"La Hoguera", de su primer disco, también apareció en una compilación llamada "Homenaje a las Víctimas del Franquismo":








Krahe
no se vendió jamás a un partido político, a una marca de cerveza ni a una marca
de ropa. De eso su vida puede dejar testamento. El documental del 2004 Esta No Es La Vida Privada de Javier Krahe
lo pinta como un tipo simpático, sarcástico y a la vez respetuoso de su público
(la mayoría mujeres muy jóvenes), aunque siempre tocando en lugares muy
pequeños que se llenaban a tope. La fama le fue esquiva, pero a él no le importó: tenía a bellas damitas frente a él en sus conciertos íntimos. Sabina tenía en frente a su personal de seguridad de amarillo, en locales para más de 20,000 personas.





Anarquista,
contestatario y sin bandera, en una de sus últimas entrevistas se le puede ver
renegando contra la mala calidad de ciertos licores y contra Spotify,
mencionando que desea estrangular o lesionar físicamente al director de dicho
servicio digital en España. Krahe ha muerto súbitamente, pero en dicha entrevista ya se
le notaba enfermo y su corazón no tuvo más remedio que abandonarle.





Nos
deja una vasta discografía muy similar a la de su ídolo Georges Brassens: 15
discos, con uno último llamado Las Diez
de Últimas
(el decimocuarto y último de Brassens se llamó Nouvelles Chansons, a propósito). En dicho LP dejó
una postdata formidable llamada “Puzzle” que hasta ahora tratamos de descifrar,
pero imaginamos que hay una mujer bella de por medio en la historia.





No
queda más que despedirnos de Javier y decirle gracias. Aquí la traducción que
hizo de “La Tormenta” (“L
’Orage”)
de Brassens, cantada por Alberto Pérez. El final de la historia fue una invención de Krahe para dejar la
llaga herida, la pasión ardiendo, y las nubes cargadas de electricidad ante la
amante que partió.












Aquí nuestra crítica a aquel magnífico LP en vivo La Mandrágora.

Thursday, February 27, 2014








Detalle de la portada del Almoraima (Philips, 1976)



Paco de Lucía ha muerto en Cancún, México, y Twitter se sacudió con una ola de “QEPDs” y “RIPs”. Las malas noticias viajan muy rápido.





Tuve el gusto de ver a Paco de Lucía en dos ocasiones: una en la UCLA allá por el 2001 y otra en el 2012 en Oakland, en donde tocó maravillosamente. Pero fue en el 2001 donde en verdad este guitarrista me sacó de cuadro presentándome lo que era flamenco vivo o la evolución natural de la música. Su música embrujadora transportaba a lugares remotos pero familiares. Nos encontramos en Andalucía, específicamente en el puerto de Cádiz, donde el flamenco hace vibrar a todo el sur de España y recibe toda la influencia del Norte de África y de la música gitana del Este de Europa. Paco de Lucía exploró sonidos con un oído casi detectivesco y siempre afincado en lo que era el sufrimiento auténtico por la vida.





Recuerdo que Paco de Lucia iba a regresar en el 2002 a la UCLA pero el gobierno de los EE.UU. le negó la visa de entrada. Imagino que habrá tenido algo que ver con la paranoia post 11 de setiembre y el horror a lo gitano/ musulmán/ piel oscura. De Lucía era español pero seguro tenía conexiones con el mundo musical de Medio Oriente. Felizmente lo pude ver una segunda y última vez en el Paramount Theater de Oakland, durante el festival de Jazz de San Francisco. Esta vez tenía cantaores y un bailaor. Fue maravilloso, aunque sentí que Paco estaba algo cansado. Alguien en la audiencia le gritó: “¡Maestro!”, y él agradeció el calificativo. Nosotros le agradecemos una carrera musical y una discografía que dará que hablar por el resto de la historia de la humanidad. El mago de las seis cuerdas está en el olimpo de los grandes músicos de siempre, y al escucharlo en temas como “Almoraima” o “Danza Ritual del Fuego”, no se nos ocurre compararlo con nadie, y ni se nos ocurrió compararlo antes de su muerte. 



Mi primera imagen de Paco de Lucía fue la de un guitarrista pelucón y descalzo, tocando el instrumento que era, a mis 7 u 8 años, el más difícil del mundo. Sólo le bastaba cruzar sus piernas y poner su guitarra ahí en su regazo para que uno se diera cuenta de que el talento que emanaba de él era enorme.





Grabó muchísimos discos de primera, y se ganó las críticas negativas de los puristas del flamenco al intentar explorar fuera de sus límites geográficos y musicales. Encontró el cajón peruano y el bajo eléctrico sin trastes y lo incorporó a su música. Arriesgó tocar con Al DiMeola, Bill Frisell, Chick Corea y John McLaughlin. El flamenco se expandía y adaptaba a todas formas posibles de música, dando inicio a su globalización. Algo natural tomando en cuenta que fue usado como propaganda durante el régimen de Franco y que los discos, una vez grabados, llevan la música de un lugar a otro. El flamenco no podía quedarse enclaustrado por siempre en el sur de España, porque nunca se quedó quieto -nos hicieron creer que sí- al viajar durante tanto tiempo y por tantos kilómetros. Si queremos comparar a Paco de Lucía con alguna persona, hagámoslo con viajeros y pensadores, no con músicos: Carl Sagan, Marco Polo, Neil Armstrong. 



Envejeció con gracia y su muerte tomó al mundo por sorpresa. Pero ha dejado una discografía y videografía digna de explorar por el resto de nuestras vidas.





El poeta y flamencólogo Félix Grande escribió sobre Paco en la contraportada del Almoraima (Philips, 1976). Transcribo esto no como un obituario sino más bien como una carta de invitación a descubrir algunas de las músicas más bellas del mundo: 



Desde hace años, cada nueva creación de Paco de Lucía nos produce sorpresa. Pareciera que en cada nueva etapa llega hasta sus fronteras —y en su creación siguiente advertimos que esas fronteras se desplazan, que quizá este genio de la guitarra ya no tiene fronteras. Tal vez nuestra sucesiva sorpresa no nace únicamente en nuestro sucesivo deslumbramiento, sino también en la desconfianza: es que no estamos acostumbrados a asistir al desarrollo de la genialidad. Al fin tendremos que asumirlo, con gratitud, con júbilo: Paco de Lucía es uno de esos pocos seres herederos y a la vez inventores de un lenguaje; uno de esos imprescindibles locos cuyo respeto a las raíces y cuya libertad son por igual tempestuosos, y que por ello alcanzan el privilegio y la condena de ir abriendo caminos, acumulando desde la fragua de su nombre nuevo metal y más calor a ese vasto y anónimo metal calenturiento que llamamos la música. Cuánto le cuesta a Paco de Lucía el prodigioso regalo que nos hace, es algo que no sabremos nunca. La soledad, incluso la desesperación que hay siempre bajo la laboriosa humildad de un artista, no se pueden cobrar, no se pueden pagar. Tal vez llorando a solas con su música en medio de la madrugada, tal vez creando en nosotros mismos ese tremendo ritmo al que llamamos lágrimas, tal vez así podamos bajar hasta el barranco mineral en que nace su música, ese barranco donde están los seísmos de la necesidad de ser y del que emerge su bárbara guitarra como volando de oro, como danzando en hierro, como olorosa a azufre, como brillando de mercurio, como quemándose en carbón. ¿De qué modo nombrar toda esa enfebrecida operación en que consiste convertir ese magma profundo del ser cósmico en un lenguaje comunicativo, en un lenguaje cósmico y a la vez organizado? Quizá pueda llamarse ritmo.






En el origen de la vida se encuentra, inmemorial, el ritmo. Todo alcanza su ser mediante el ritmo. Ritmo tiene el lenguaje para ser expresión. La danza es ritmo y es ritmo el cuerpo humano. Con ritmo se suceden las mareas. Ritmo es el pulso, el latido del corazón. Ritmo es lo que contienen las obras más memorables de las generaciones: una mezquita, Un acueducto, un mito, una estatua, una fábula, un poema. La rueda: puro ritmo. Un ritmo estricto habita en las hembras embarazadas. Ritmo hay en el trigal, el olivar, la viña; ritmo en la fruta y en el agua. Ritmo tienen las fases de la Luna, las órbitas de los planetas, el majestuoso devenir de los astros. Y cuando la materia alcanza su más ardiente ritmo, sucede el acontecimiento de la belleza humana. Lo que hace que los desafiantes esfuerzos de los hombres quebranten la dictadura de los años es un vaivén paciente y sabio, lujurioso y creador: el ritmo.





Lo más recóndito, v a la vez lo más evidente, en esta nueva etapa de la música de Paco de Lucía, es ese gran secreto: el ritmo. No hablo de una estrategia de la medida y del compás, sino de un acto de respiración. No me refiero a la suma de su compás y sí invención —tan exactos, tan incesantes—, sino al vaho de la vida. Desde lo más profundo del flamenco —su ritmo viejo e inmortal— estas creaciones de Paco de Lucía suben con viejo y duradero sol, con vieja y duradera agua, sorprendentes limones, lentas horas, espesas sombras, fogonazos de luz y geometría; avanzan con heridas remotas, con remotas pomadas: como un incomparable, monumental acto de amor. La historia del flamenco sabrá muy bien cuánto habrá de deber a la organizada locura de este terremoto sereno que es la música de Paco de Lucía. Nosotros ya empezamos a saber cuánto no le podremos pagar nunca. Tal vez de madrugada, a solas y llorando. La historia del flamenco, esa terrible madrugada vieja, no dejará de agradecer a Paco de Lucía la venerable juventud de su música. En nuestra madrugada personal, en esa hora en que somos más limpios, más ancianos y repentinamente vivos, escucharemos este vaho de la vida que sube desde seis andaluzas tensiones y, poco a poco, iremos redescubriendo en nuestro corazón una sangre solemne, un alimento casi religioso: la visita del ritmo. La noche antigua donde todo renace.


Félix Grande















Wednesday, March 20, 2013





(CBS, 1981)



JOAQUIN SABINA, ALBERTO PEREZ Y JAVIER KRAHE




Después de oir este pequeño e insignificante (para la casa disquera CBS) álbum en vivo, llegamos a la conclusión de que Joaquín Sabina se ha pasado toda su carrera tratando de repetir este recital, con algunos aciertos y otros desbarajustes.



El disco deja boquiabierto a cualquer hispanohablante y nos fuerza a oírlo una y otra vez hasta memorizarnos las canciones de tres verdaderos trovadores y cantautores. Sabina, El Poeta convertido en superestrella del rock and roll tiene su momento cumbre en un disco en el cual los dos instrumentos predominantes son las guitarras acústicas y los kazoos (las cornetitas esas de fiesta). Pareciera increíble, pero están ahí para acompañar a tres voces de compositores que nunca se comprometieron con nada para cantar lo que tienen dentro, una visión extremadamente irónica de la sociedad madrileña postfranquista y pre-movida de inicios de los ochenta.




Los tres artistas son de vanguardia, pero cada uno apunta con su misma voz ácida a diferentes blancos de la psique humana. Sabina es melancólico y con una filosofía extremadamente irónica de la vida, y siente que está cansado de vivir a sus aproximadamente 32 años (en 1981). Lanza canciones al viento como "Pongamos Que Hablo De Madrid," en donde está tan deprimido por tanto tiempo de vivir en una ciudad tan sórdida que termina enamorándose de ella, al sentirse incapaz de sentir lo que le dijeron que era la felicidad. Al parecer no le pasa a cualquiera, pero igual terminamos amando la canción. Vendría una puya al Caudillo y su reciente fallecimiento, "Adivina Adivinanza" en donde Sabina, furioso y cáustico, nos hace saber quiénes lloraron la muerte de Francisco Franco y cómo se celebró -y lamentó- la partida del dictador. Sobrecogedor tema considerando que hasta ahora hay gente que canta "Cara Al Sol".






Sabina nos explicará sobre su ironía frente a la muerte en "Pasándola Bien," aunque en verdad estará ocultando su pavor frente a ella y su asombro de haber sobrevivido a varios encuentros con la pelona. Él representa a Tánatos en el trío; mientras que Krahe es Eros, el pervertido mujeriego y libador. Se obsesiona por el tamaño de su miembro, por las hembras que lo ignoraron y amaron en un "yo-yo" emocional interminable y también se da el lujo de cantar un poco desafinado. Cantará temas sobre erecciones, descendencia y usará la palabra "gilipollas" en el tema "Marieta" (de Georges Brassens) lo suficiente como para provocar censura en algunas radios. Krahe cuenta también la leyenda de un pueblo llamado "Villatripas" en donde hostia la gente anda bien cachonda, tío.



El que realmente se roba el espectáculo es Alberto Pérez, un verdadero genio cuya diferencia con Sabina y Krahe es que presenta una introspección más profunda en la represión conservadora de la Iglesia Católica. Pareciera que es un poeta rebelde pero al mismo tiempo se pregunta con mucha culpabilidad, "¿No habrán sido los largos años de Franco una cosa normal para España...?" Ahí está la canción "Un Santo Varón" en donde se entrega totalmente a la virtud divina para evitar las tentaciones del cuerpo de la mujer. Pero en verdad el punto más alto del disco es la versión suya de "La Tormenta" de Brassens, traducida por el mañosón Krahe. De contarles de qué trata, les arruinaría la sorpresa.

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